Las manos que todavía no saben lo que pueden hacer
- Juan Pablo Gómez

- Feb 24
- 4 min read
Hay un momento extraño en la enseñanza.
Ocurre cuando un estudiante todavía no sabe quién puede llegar a ser.
No es falta de inteligencia. No es necesariamente falta de interés.
Es más bien una especie de suspensión.
Como si el talento estuviera ahí, pero aún no hubiera encontrado el lugar donde manifestarse.
En estos años enseñando fisioterapia a jóvenes me he encontrado muchas veces con esa sensación. Estudiantes que parecen distraídos, desinteresados o incluso rebeldes frente al aprendizaje. Y sin embargo, basta una situación distinta, un contexto inesperado, para que algo aparezca.
Hace unos días ocurrió algo así en una práctica de terapia manual.
Cerrar los ojos para entender

El ejercicio era simple.
Los estudiantes se cubrían los ojos. Otro compañero aplicaba distintos estímulos manuales.
No se trataba de fuerza ni de técnica sofisticada. Se trataba de percibir.
La calidad del contacto. La intención. La presencia de la mano.
Trabajamos con tres tipos de estímulo que, en términos neurofisiológicos, podrían asociarse a diferentes tipos de receptores en el cuerpo, como presión profunda, vibración y un estiramiento suave sostenido.
Pero la práctica no buscaba demostrar fisiología.
Buscaba algo más elemental:
que el cuerpo volviera a escuchar.
Cuando alguien pierde la vista por un momento, el tacto cambia. Se vuelve más atento, más honesto. El juicio se desplaza desde la apariencia hacia la sensación.
Y en ese terreno ocurren revelaciones pequeñas.
El alumno que no se esfuerza
Uno de mis alumnos suele decir, con total franqueza, que no se esfuerza mucho para la escuela.
No lo dice como provocación. Lo dice como quien describe un rasgo de su carácter o una etapa de su vida.
Ese mismo alumno resultó ser uno de los que obtuvo la mejor evaluación en la práctica.
Sus compañeros describieron su contacto como preciso, seguro, agradable.
Mientras tanto, la otra estudiante que destacó fue una joven que confesó algo aparentemente contrario: el contacto físico no le resulta especialmente cómodo. No es algo que busque.
Sin embargo, sus manos también fueron percibidas como claras y cuidadosas.
Dos perfiles distintos. Dos historias distintas.
Y sin embargo, una misma capacidad emergiendo.
El tacto no es solo mecánica
En fisioterapia a veces hablamos del contacto como si fuera una variable técnica.
Cantidad de presión. Dirección. Tiempo de aplicación.
Pero el cuerpo humano no interpreta el tacto de forma puramente mecánica.
El cerebro siempre pregunta primero:
¿Quién toca? ¿Con qué intención? ¿En qué contexto?
El mismo estímulo puede sentirse invasivo o calmante dependiendo de esas variables invisibles.
Por eso enseñar a tocar nunca es únicamente enseñar una técnica.
Es enseñar una forma de presencia.
El problema de la educación actual
Muchos estudiantes parecen perder interés en el aprendizaje.
La reacción común es atribuirlo a:
falta de disciplina
distracción digital
desinterés generacional
Pero con el tiempo uno empieza a sospechar algo distinto.
Tal vez el problema no sea la falta de talento.
Tal vez sea que aún no han encontrado dónde ese talento podría aparecer.
El sistema educativo mide ciertas capacidades con mucha precisión: memoria, velocidad de respuesta, rendimiento en exámenes. Pero existen otras formas de inteligencia que solo aparecen cuando el cuerpo participa.
El tacto es una de ellas.
Aptitud y actitud
Descubrir una capacidad no significa todavía poseer una vocación.
Ese es otro paso.
Podríamos decir que en cualquier profesión de cuidado aparecen dos fuerzas que deben encontrarse:
La aptitud. Y la actitud.

La aptitud es esa facilidad inicial, a veces inesperada.
La actitud es la decisión de cultivarla.
Sin la primera, el camino se vuelve árido. Sin la segunda, el talento se evapora.
La tarea del maestro, entonces, no es solo transmitir conocimiento.
Es provocar encuentros entre ambas.
Enseñar también transforma al que enseña
Durante años trabajé principalmente con pacientes.
Dolor, limitaciones, procesos de recuperación.
Pero enseñar a jóvenes introduce otra dimensión.
El contexto cambia.
En la clínica tratamos cuerpos que buscan recuperar algo que se perdió. En el aula observamos cuerpos que todavía están descubriendo lo que pueden llegar a ser.
Esa diferencia modifica también la forma en que uno comprende la profesión.
La fisioterapia deja de ser solo una intervención sobre el dolor.
Se vuelve también una exploración del potencial humano.
La pequeña chispa
No todos los estudiantes seguirán el camino de la salud.
Eso es inevitable.
Pero a veces ocurre algo que justifica todo el esfuerzo pedagógico.
Un momento breve en el que alguien descubre que posee una capacidad que no había considerado.
Tal vez unas manos sensibles. Tal vez una percepción fina del otro.
No es todavía una vocación.
Pero es una posibilidad.
Y las posibilidades, cuando se reconocen, tienen una forma particular de inquietar la vida.
Una semilla
No sabemos qué ocurrirá después.
Tal vez ese alumno que hoy dice que no se esfuerza recuerde dentro de algunos años que alguien le dijo que tenía buenas manos.
Tal vez no.
Pero enseñar también consiste en eso:
dejar semillas de preguntas.
Porque cuando alguien descubre que puede aliviar a otro ser humano con algo tan simple como sus manos, aparece una idea difícil de ignorar:
¿y si desarrollara esto en serio?
A veces toda una profesión comienza exactamente ahí.
Juan Pablo Gómez



Comments