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Fisioterapeuta 2.0

Ser fisioterapeuta hoy: entre la pertenencia, la duda y la aventura clínica


El mito de Sísifo en la modernidad clínica
El mito de Sísifo en la modernidad clínica

Aprender sobre nosotros mismos y sobre otros profesionales no debería dividirnos. Como escribió Italo Calvino, “la claridad no es un don, sino una conquista”. Reconocer nuestras diferencias es precisamente un acto de claridad profesional: entender por qué existen, qué significan y cómo pueden hacernos crecer en lugar de fragmentarnos.

La fisioterapia, como toda profesión humana, se habita entre acuerdos y tensiones, entre identidades colectivas y trayectorias personales.




¿Qué es, en realidad, una profesión?


Las profesiones son construcciones sociales complejas: comunidades que sostienen valores de conocimiento, éticos y prácticos. En fisioterapia compartimos un lenguaje común: anatomía, palpación, comunicación clínica, razonamiento basado en evidencia. Esa base nos da cohesión.

Pero, como recuerda Byung-Chul Han, “toda comunidad es también una exclusión”. Algunos no nos sentimos completamente dentro de los límites de la profesión, y esa distancia no siempre es un defecto: a veces es el lugar desde el cual se piensa mejor. No sé si eso me convierte en un outsider, pero sí me permite cuestionar lo que a veces se da por sentado.

Wittgenstein escribió: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Nuestro lenguaje profesional delimita lo que consideramos legítimo o verdadero. Sin embargo, esos límites son móviles; dependen de la evidencia, de la historia, del contexto y de nuestra capacidad de interrogarlos.


La fisioterapia como Dispositivo vivo

Giorgio Agamben
Giorgio Agamben

Si pensamos la profesión desde otra perspectiva, la fisioterapia también puede entenderse como lo que Giorgio Agamben llama un dispositivo: una red de elementos que va mucho más allá de la técnica. No es solo lo que hacemos con las manos, sino el conjunto de discursos, instituciones, reglas, espacios, protocolos, leyes, manuales, evidencia científica y valores morales que nos dicen cómo debe verse un “buen profesional”. La fisioterapia ocurre en la camilla, pero también en la universidad, en los consultorios, en las guías clínicas, en los sistemas de salud y en la forma en que hablamos del cuerpo, del dolor y de la recuperación. Este dispositivo nos da identidad y orden, pero también puede volverse invisible y rígido si no lo cuestionamos. Reconocerlo nos permite ejercer con mayor conciencia, decidir mejor y, sobre todo, no confundir la profesión con una sola manera de pensar o de tratar a las personas.


La legitimidad y el conocimiento: ¿qué valida lo que hacemos?

La profesión se valida a sí misma mediante títulos, instituciones, guías clínicas y ciencia. Pero la ciencia es lenta, y el sufrimiento humano es inmediato. Como advierte Paul Feyerabend, “el conocimiento es un océano sin mapas”.

El razonamiento clínico nos permite navegarlo: conectar evidencia con experiencia, teoría con práctica, incertidumbre con decisión.

Estamos lejos de tener recetas universales para el dolor crónico. Nietzsche decía que “las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son”. Esto no significa que la evidencia carezca de valor, sino que ninguna evidencia es definitiva: cambia, se corrige, se amplía. La fisioterapia es un oficio en perpetua revisión.


Mi vivencia como fisioterapeuta: navegar la complejidad


Yo enseño neurorehabilitación. Estudio el dolor. Me apasiona el razonamiento clínico. Pero también me apasiona pensar. Jacques Derrida escribió: “Pensar es tocar lo imposible”. Ese es el espacio desde el que he vivido la fisioterapia: un lugar donde tocar —literal y metafóricamente— implica abrir preguntas, no solo repetir respuestas.

Mi práctica no se sostiene en certezas absolutas. Se sostiene en lo que decía Camus: “La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en darlo todo al presente”. Darlo todo al presente clínico significa estar dispuesto a dudar, a corregir, a equivocarse, a reinterpretar.

He visto colegas que encuentran seguridad en doctrinas invariables: “confía en tus manos”, “la anatomía no miente”, “la técnica funciona porque funciona”.

Pero yo he encontrado sentido en navegar las complejidades: el razonamiento que falla, los sesgos que nos engañan, la evidencia que se contradice, el paciente que no encaja en ningún libro.

Como escribió Zygmunt Bauman, “la incertidumbre es la condición misma de la libertad”. En esa incertidumbre se despliega mi práctica: no como una carencia, sino como un espacio de creación clínica.


El paciente como parte activa del razonamiento clínico


La fisioterapia contemporánea no puede prescindir del cerebro, la bioplasticidad y la representación corporal. No existe intervención sin educación, sin diálogo, sin una relación terapéutica fuerte.

Spinoza afirmó que “no sabemos lo que puede un cuerpo”. La fisioterapia moderna debería partir de esa frase como axioma. El paciente no puede ser un receptor pasivo del tratamiento; debe convertirse en un razonador clínico junto con el terapeuta. Las metas se construyen en conjunto, no se prescriben desde arriba.

El dolor no solo limita al cuerpo: reorganiza la vida, las relaciones, el trabajo, la familia. Tratar el dolor es tratar la vida que se organiza alrededor del dolor. Como escribió Damasio, “el cuerpo es el fundamento de la mente”, y es en esa interdependencia donde se juega nuestra intervención.


La fisioterapia como un oficio inacabado


Las profesiones perduran no por sus certezas, sino por su capacidad de cuestionarlas. David Nicholls, reflexionando sobre la fisioterapia, señala que las profesiones son “grupos de individuos que negocian continuamente su identidad”. No existe una fisioterapia definitiva. Todas son interpretaciones situadas, contextuales, históricas.

Mi visión nace de mis pacientes, de mis fracasos, de mis lecturas, de mis dudas. No busco imponerla. Como decía Rilke: “Vive las preguntas ahora. Quizá, sin darte cuenta, vivirás un día la respuesta”.

Pensar la fisioterapia es pensar el tipo de relación que queremos construir con quienes confían en nosotros. Es aceptar que el cuerpo es más que un sistema mecánico, que el dolor es más que un síntoma, y que la clínica es más que un protocolo. Es, finalmente, reconocer que la profesión es un camino abierto, y que caminarlo exige una mezcla de ciencia, sensibilidad y valentía.


El tacto es lenguaje y simbología.
El tacto es lenguaje y simbología.

 
 
 

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